
¿Recibes más radiación en un avión o en una radiografía?
La palabra radiación suele generar alarma. Para muchos, está asociada automáticamente con riesgo o enfermedad, aunque pocas veces nos detenemos a entender qué significa realmente y en qué momentos estamos expuestos a ella.
De hecho, todos convivimos con la radiación en la vida diaria: proviene de fuentes naturales como el sol, el suelo e incluso el propio cuerpo humano, en lo que se conoce como radiación de fondo. En promedio, una persona recibe alrededor de 2.4 milisieverts (mSv) al año por estas fuentes, lo que demuestra que no es algo excepcional. Al contrario, es un fenómeno natural con el que convivimos día a día.
En este panorama, surge una comparación que desafía la lógica común: ¿recibimos más radiación cruzando el océano en avión o haciéndonos una placa de rayos X?
Altitud vs. Diagnóstico: los números hablan
Aunque parezca contraintuitivo, volar implica una exposición directa a la radiación cósmica. A grandes altitudes, la atmósfera es más delgada y ofrece menos protección. Un vuelo comercial de larga distancia (por ejemplo, de Bogotá a Madrid) puede exponer a un pasajero a entre 0.03 y 0.05 mSv. En contraste, una radiografía de tórax moderna tiene una dosis aproximada de 0.01 mSv. Esto significa que un viaje de vacaciones puede representar hasta cinco veces más exposición que un estudio médico de rutina. Para ponerlo en perspectiva, la radiación de una placa de tórax equivale apenas a lo que recibimos naturalmente durante tres o cuatro días de vida cotidiana.
Sin embargo, la diferencia está en cómo percibimos este riesgo. Mientras los procedimientos médicos suelen generar preocupación por su asociación con hospitales o enfermedades, otras fuentes de radiación pasan desapercibidas, incluso cuando son comparables o superiores. Esta percepción distorsionada puede llevar a evitar estudios diagnósticos necesarios, a pesar de que estos se realizan bajo estrictos estándares de seguridad, como el principio de tan bajo como sea razonablemente posible (ALARA), que busca minimizar la exposición sin comprometer la calidad de la imagen.
"El miedo a la radiación en el entorno clínico es uno de los mayores obstáculos para la medicina preventiva. La tecnología ha avanzado tanto que somos capaces de obtener diagnósticos de una precisión milimétrica con dosis de exposición históricamente bajas. Evitar una radiografía por temor a la radiación es como evitar caminar por miedo a que nos caiga un rayo: el beneficio de detectar una condición a tiempo supera infinitamente el riesgo de una exposición controlada y mínima", afirma Fabián Rodríguez, Director de Diagnóstico y Terapia guiada por Imágenes en Siemens Healthineers.
Lejos de representar un riesgo, las imágenes médicas son hoy una herramienta fundamental para la detección temprana, el diagnóstico preciso y el seguimiento de múltiples condiciones de salud. Comprender que la radiación en estos contextos es controlada, baja y segura permite tomar decisiones informadas y reducir barreras innecesarias en el acceso a la atención. En este camino, el desarrollo tecnológico ha sido determinante para mejorar la experiencia del paciente y fortalecer la confianza en estos procedimientos.
Romper este tipo de mitos ayuda a reducir el miedo, permitiendo que más personas accedan a servicios médicos que pueden salvar sus vidas. Entender la radiación, en lugar de temerle, es un paso necesario para tomar mejores decisiones y aprovechar las herramientas disponibles para el cuidado de la salud. Principalmente entendiendo que hay actividades de la cotidianidad que ya nos exponen a radiación en proporciones normales y que un examen médico no altera esas proporciones y si buscan un beneficio en la salud de las personas.



