
Tres prioridades para la universidad que forma al profesional del futuro
La inteligencia artificial, la automatización y la transformación tecnológica están cambiando el mercado laboral a una velocidad sin precedentes. Hacia 2030, 59 de cada 100 trabajadores necesitarán adquirir nuevas competencias para mantenerse vigentes, según el Foro Económico Mundial. Este escenario obliga a las universidades a replantear cómo preparan a las nuevas generaciones: formar profesionales capaces de aprender continuamente, adaptarse a nuevas tecnologías y resolver problemas complejos.
En el Perú, el desafío es aún mayor. Según el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo, siete de cada diez jóvenes trabajan en una ocupación distinta a la que estudiaron, una realidad que refuerza la importancia de desarrollar habilidades transferibles y una alta capacidad de adaptación.
Para Enrique Stiglich, rector de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC), el reto de la educación superior va mucho más allá de actualizar los planes de estudio. La educación debe prepararnos para un futuro que no podemos predecir. Más que formar expertos en herramientas específicas, debemos desarrollar personas capaces de aprender durante toda su vida, entender la tecnología y convertir ese conocimiento en soluciones para problemas reales. Las universidades tenemos la responsabilidad de formar profesionales que no solo se adapten al cambio, sino que también sean capaces de liderarlo.
En esa línea, Stiglich plantea tres prioridades que las universidades, especialmente aquellas enfocadas en ingeniería y tecnología, deberían impulsar para colocar la adaptabilidad en el centro de su modelo educativo, y que son centrales en el diseño institucional de UTEC:
1. Fortalecer los fundamentos y las maneras de pensar
Las herramientas tecnológicas cambiarán constantemente, pero la capacidad de analizar, modelar problemas, tomar decisiones y aprender seguirá siendo indispensable.
Por ello, las universidades deben reforzar fundamentos como el pensamiento sistémico, el pensamiento computacional y el pensamiento de diseño, que permiten enfrentar problemas nuevos con estructuras de razonamiento transferibles a distintos contextos.
2. Exponer a los estudiantes a retos reales desde el inicio
La mayoría de los problemas importantes no vienen bien definidos ni tienen una única respuesta correcta. Los estudiantes deben aprender a desenvolverse en contextos de incertidumbre, con información incompleta y objetivos cambiantes. Para ello, es necesario complementar el aprendizaje en el aula con proyectos, desafíos y experiencias auténticas donde deban comprender un problema, formular hipótesis, desarrollar soluciones, probarlas, equivocarse e iterar. Para llevarlos a cabo, además, deben usar distintas herramientas tecnológicas que les permiten abordar los retos de manera más efectiva. Así desarrollan no solo conocimientos, sino también la capacidad de aplicarlos a distintos contextos con criterio, autonomía y capacidad de ejecución.
3. Convertir la universidad en un ecosistema abierto
Una universidad no puede preparar personas para un mundo dinámico si funciona como un sistema aislado, estable y autorreferencial. El aprendizaje adquiere mayor relevancia cuando estudiantes, investigadores, emprendedores, empresas y organizaciones trabajan juntos sobre desafíos reales. La universidad debe ser un espacio que no solo facilite estas interacciones sino que las incorpore dentro de sus hábitos y rutinas. Estas conexiones inyectan dinamismo y permiten acercar a los estudiantes a la complejidad del mundo real.
En un contexto donde el conocimiento técnico se vuelve obsoleto cada vez más rápido, la principal ventaja competitiva de un profesional será su capacidad para aprender, adaptarse y construir soluciones frente a problemas nuevos. Ese debe convertirse también en el principal objetivo de la universidad del futuro.



